lunes, 6 de febrero de 2012

La carta en el árbol

Era cuestión de bajar la mirada para leer, entre las piernas de Vicente, el inicio de la carta. De igual modo, era cuestión de bajar la mirada —un poco más— para leer, entre mis propias piernas, el final. Los párrafos intermedios estaban distribuidos en otros seis troncos que hacían de sillas. Todos habían sido grabados en bajo relieve, posiblemente con un punzón o un pedazo de piedra pulida. Y, pese a la tentación de conocer ya el contenido, creí correcto concentrarme en el discurso de mi anfitrión, que nada tenía que ver con el asunto que me había hecho recorrer más de diez mil kilómetros. En breve, me dejaría a solas con el mobiliario. Paciencia.
  
34 años antes, el padre de Vicente, Alfonso Mendizábal Cabral, comenzó a escribir la
 carta más larga que se conozca, considerando la longitud del espacio temporal y no la 
del soporte. Tardó algo más de una década. Cada frase se extendía a lo largo de 
cuatro o cinco meses, tiempo que el árbol requería para crecer y dejar a su alcance 
otro espacio virgen, al que podía llegar estirando el brazo entre los barrotes de la ventana
 de su celda (dejar suspendido un sentimiento, dejar suspendidas las palabras, 
redistribuirlas mientras flotan en el otoño y el invierno, expresarlas en primavera,
 observarlas cómo suben por el árbol, observarlas cómo se alejan y te dejan).

Alfonso fue encarcelado tras el golpe de estado de Augusto Pinochet. Por azares del 
destino y previsiones humanas, no terminó enterrado en el estadio. Sus padres 
nunca tuvieron los medios para brindarle una educación y su lengua había sido cortada.
 En su documentación constaba como analfabeto. Fue después de cumplir los 20 
años cuando Alfonso aprendió a leer —le fascinó— y a escribir, pero eso el verdugo y 
los militares lo ignoraban. De todas maneras, fue torturado. No obstante, si era incapaz 
de darles información a ellos, también lo sería con la prensa y demás 
impertinentes. ¿Soltarlo? Tampoco. Su cuerpo estaba tan amoratado que hablaba por sí 
solo. Un muerto más o uno menos les era indiferente en la balanza, pero desconozco qué
 se les pudo cruzar por la cabeza para darse la molestia de destinarlo a una prisión 
del interior, al sur de Santiago.

Algunos dicen que el amor te hace soñar despierto. Otros, que te adormece los
sentidos. Para Alfonso, en buena hora, fueron las dos cosas. Así soportó las 
bofetadas, puñetazos, patadas, descargas eléctricas, inmersiones, más patadas y puñetazos, gritos ajenos, ruidos propios, frío, hambre, soledad, silencio. En ese silencio, la carta:

“Cientos de días y sigo despertando en el que me despedí de ti, el mismo día que te 
conocí, el único en el que acaricié las tonalidades de tus silencios, tu aroma, tu valor y 
cada
 latido de felicidad. Un día que al parecer viviré por siempre.
No me arrepiento de haber caminado en dirección 
contraria a la fábrica. Quise hacerlo varias veces hasta
 que por fin me decidí. Esa mañana, al doblar la esquina, tu pancarta me atrapó. Ni una letra. En blanco por los dos 
lados. Estaba totalmente de acuerdo contigo: hay rabias
 que son inefables.
Una que otra vez, los sueños me traicionan y me separan 
de ti, ocupando mis pensamientos con temas del 
todo irrelevantes. La mezquindad del poder, los tantos a 
favor o en contra y las discusiones entre la fe 
y la demostración no pertenecen a estos cuatro 
metros cuadrados. Aquí, cuando despierto, ni siquiera 
estoy yo.
El paraíso debe ser muy parecido a lo que ahora vivo. Uno elige el día más feliz para que
 se repita eternamente. O las horas más felices. Mi momento eterno inicia con la pancarta
 en blanco y termina un segundo antes de que vayas a comprar algo para comer.
Al irte, uno de los muchachos que me presentaste entró en la habitación muy asustado.
 Me dijo que los militares estaban en camino. No quise huir. Quería esperarte. Creía que el ser inocente era suficiente para ser inocente. Tus compañeros conocían a la justicia. 
Me cortaron la lengua y salieron corriendo.
Desde la tolva del camión que se alejaba, te vi. La bolsa con la comida cayó al 
suelo. Olvidaste que habías nacido muda y abriste la boca para gritar. 
Compartí tu impotencia y sufrí otra. A mi silencio le faltaba mucho para ser un 
lenguaje. Deseaba volver a decirte lo que te dije mientras te vestía.
Tu manera de hablar con la mirada no deja de seducirme. Me enseñas a amarnos 
sin  subestimar ningún sentido. Más que nada, disfruto apoyar mi oreja en tu pecho y
 oír tu voz primera, diciéndome qué te gusta y qué no. Y no me hace falta conocer 
ni tu antes ni tu después, ni deseo inventarlos. Pero también sé que el presente donde 
habito contigo es tu pasado.
Aquí no hay noticias, ni libros, ni entierros, ni revoluciones. Aquí no hay nada contra 
qué manifestarse. Tampoco hay esperanza. Aquí sólo hay un día que fui feliz y que se
 repite y repite y repite. He vivido en el paraíso antes de tiempo, con un exceso de
 huesos y carne de los que hoy me pienso liberar. Los sueños no volverán a alejarme de ti”.  

El mundo dumba dumba da

Un día mi papá al cole me llevó,
pero en lugar de al cole, me llevó al zoo.
Me dijo: mira hijo aquí todo empezó,
mas esto no era un zoo, esto tenía son.
Bailaba el triceratops dumba dumba da,
también el ave fénix sobre un frutal.
Bailaba el ictiosaurio en la profundidad
con ninfas y sirenas, todos sin parar.

Un día un asteroide con la tierra chocó,
pero entre las cenizas un ave surgió.
Se dijo: no me aflijo, aquí todo empezó
y con nuevas semillas el mundo pobló.
Bailaba el megalonyx dumba dumba da,
también el ave fénix sobre un frutal.
Bailaba el pez mamut en la profundidad
con ninfas y sirenas, todos sin parar.

Un día y otro día la vida siguió
y la madre natura ni se inmutó.
Se dijo: no me aflijo, aquí ni mando yo
y con miles de años todo eso cambió.
Bailaba el elefante dumba dumba da,
también el ave fénix sobre un frutal.
Bailaba el pez león en la profundidad
con ninfas y sirenas, todos sin parar.

Un día y otro día la vida siguió
y un ser “inteligente” en eso apareció.
Se dijo: no me aflijo, aquí el rey soy yo
y a los animales todos enjauló.
Bailaba el homo sapiens dumba dumba da,
mas no el ave fénix sobre un frutal.
Bailaba el sapiens solo fuera de compás
con los ojos cerrados pisando a los demás.

Un día mi papá al cole me llevó,
pero en lugar de al cole, me llevó al zoo.
abrimos ene jaulas, después el portón
y la madre natura reanudó el son.
Bailaba el que te canta dumba dumba da,
también el ave fénix sobre un frutal.
Bailaba con mi padre y con mi mamá,
con ninfas y sirenas, todos sin parar.  

La resignación de las cucarachas

Desde la primera vez que fue al cine, quedó cautivada para siempre. Las películas en sí 
le daban prácticamente igual. Lorena Antúnez de Mayolo pagaba su entrada para 
contemplar los rostros de los espectadores. Verlos pasar de la risa al llanto en segundos 
era realmente fascinante.

Su interés se multiplicó al saber que una misma producción se difundía en diversos
lugares del mundo. Imaginaba la maquinaria humana que había detrás. Personas 
con distintos valores a los de ella, pero que seguramente pensaban lo mismo: 
que las películas como tal importaban poco, que sólo eran un medio, y no para recaudar
 el dinero de las taquillas, sino para manipular conductas, inculcar ideologías, aspiraciones, miedos… lo que a la larga generaba una verdadera riqueza.

Por un acontecimiento en particular, la fijación de su adolescencia se trastocó.

A día de hoy, de las 37 películas que Lorena Antúnez de Mayolo dirigió, ninguna ha
 sido proyectada. Ella no perdió su tiempo ni siquiera en editarlas. Sólo deseaba filmar 
la siguiente historia, renunciando a los espectadores y centrándose en lo que denominó “
el cine fuera de encuadre”.

En 1962, tres años antes de lanzarse como directora, empezó a escribir La resignación 
de las cucarachas, un guión cinematográfico que mostraba, sin tapujos, el crudo
 proceso que atravesaban los niños de la calle al ir descubriendo cada matiz de su
 miserable realidad; acomodándose adormecidos en su inalterable destino. Lorena 
pretendía conmover a la sociedad europea con el fin de ejercer presión sobre 
los organismos sociales internacionales y algunos dirigentes políticos latinoamericanos. 
No obstante, en el transcurso del rodaje de dicha historia, fue perdiendo el interés por
 tocar a las masas, a la vez que surgía en ella un cálido placer por transformar la vida de
sus actores.

Buscando un mayor realismo, había reclutado a los pequeños protagonistas en 
un reformatorio. Todos esos menores tenían que interpretar sus propias vidas, a 
excepción de Esteban, quien desempeñó el papel de Florero, un niño tenaz y soñador
 que tardó más de lo normal en perder la esperanza de dejar las calles. Florero, tras
 ser abandonado por su madrina, se instaló en un cementerio y, con un ánimo
 intensificado por el temor a vivir siempre así, continuó asistiendo a la escuela, hasta que
 fue expulsado por su aspecto indigente. Comenzó a robar y se las ingenió para que 
un adulto lo matriculase en otro colegio. En una de sus incursiones delictivas fue 
detenido por la policía y encerrado varios meses en una prisión para adultos. Al ser 
liberado, continuó prostituyéndose como en la cárcel… pero esa última parte, desde 
la captura, no fue filmada. Antes de llegar ahí, Lorena modificó el guión porque el 
intérprete, Esteban, merecía otro final.

Durante los días que se rodó la etapa correspondiente al intento de superación del
 niño, Esteban, analfabeto, le pidió a Lorena que le enseñara a escribir para poder 
hacer bien su papel. Ella, en una primera reacción, le dijo que no se preocupase, 
que en la secuencia del dictado utilizarían la mano de un doble. Esteban insistió. A 
la semana siguiente, al terminar las sesiones diarias, acudió a la escuela nocturna, 
además de recibir clases particulares de Lorena. En el nuevo guión, el personaje buscó 
un trabajo. Esteban quiso encontrar otro. Y cada escena, creada sobre la 
marcha, contribuyó a enriquecer su moral. Una vez encaminada esa pequeña 
vida, tramitaron los papeles para que lo acogiera una institución adecuada. La filmación 
se prolongó ocho meses más de lo previsto.

Antúnez de Mayolo continuó filmando, sin editar. Ella no solía preocuparse por 
la financiación de los proyectos. Inicialmente dispuso de su propia fortuna y, al agotarla,
 no faltaron las contribuciones de instituciones y personas cercanas.

Nunca hizo pausas entre producción y producción. 
Trabajó con casos perdidos de Francia, España y todos
 los países de América, incluyendo Estados Unidos y 
Canadá. Por lo general, los adultos le daban más
 problemas que los niños. Cuanto más mayores, menos 
les nacía superarse personalmente para salir de la miseria
 material o psicológica—, que tristemente llegaba a convertirse en un pedazo vital de
su identidad. Sin embargo, siempre consiguió rehabilitarlos, incluso cuando se trataba
 de alcohólicos o heroinómanos. Claro que con estos empleó medidas extremas. Después
 de venderles la idea de que la fama les permitiría ahondar en sus vicios con tranquilidad, 
los llevaba hasta un campamento en medio de las montañas nevadas de los Andes. 
Sin tentaciones merodeando y el contexto ideal para endurecer el carácter, los 
motivaba tenazmente a revivir —antes y durante el rodaje— las carencias que superaron 
los sobrevivientes de un sonado accidente aéreo, convenciéndolos de que era 
esencial interiorizar a su personaje, porque era la única forma de ser un buen actor y 
así alcanzar esa generosa fama. Cuando flaqueaban, les ponía la cámara delante.
 Después de un año de sobrellevar todo tipo de inclemencias y aprender a saborear
 los minúsculos placeres, regresaban renovados. Además, no sólo nunca recayeron; 
se acostaban orgullosos de sí mismos.

Las 37 películas de Lorena Antúnez de Mayolo podrían haber afectado las emociones 
de millones de personas, pero ella prefirió modificar el papel de 152.

La última vez que se animó a entrar a una sala de cine, giró la cabeza y vio la 
pantalla durante un rato largo, dejándose cautivar por la historia. Recordó el título del
 primer
 guión que había escrito. Se sintió una cucaracha más, de la especie que aprendió a 
amar. 
Estaba en la oscuridad, observando a quienes vivían en esa luz, aguardando a que 
se apagara
 para recién salir y continuar con la rutina. No esperó, salió antes de ver ese final, para de 
alguna manera homenajear a quienes —fuera del encuadre— hicieron lo mismo ante su 
anunciado destino.  

La amante del viejo

Matías Carrano Romero ha sido sacerdote, dibujante de historietas, director de cine, violinista, cantante, representante de Martin Luther King, presidente de México y campeón olímpico, entre otros. En el fondo, lo disfrutó, pero lo que le dio una auténtica satisfacción fue que su hija, Camila, nunca se enterase.

Camila tenía cuatro años cuando, sin razón aparente, comenzó a trabarse al iniciar algunas frases. No fue un caso aislado. Dos compañeras suyas manifestaron los mismos síntomas. La docente encargada de la hora del almuerzo fue la causante, al presionarlas a diario para que comiesen más deprisa. El daño fue involuntario, pero la presión constante socavó la estabilidad emocional de las tres pequeñas, que eran más sensibles de lo normal.

Sobre las dos compañeras no supe el desenlace. He de reconocer que ni siquiera pregunté si consiguieron superar el problema. Supuse que sí. No, no lo supuse. Eso me lo digo ahora para creer que cualquier persona me interesa por igual, al margen de si su historia es interesante o común. La verdad, la que recuerdo, es que al enterarme de cómo se curó Camila, mi atención se centró únicamente en la metodología que empleó su padre.

Los niños —muy crueles cuando quieren— arrastraron la tartamudez de Camila a niveles alarmantes; despertándole tics nerviosos en el rostro, los hombros y dedos de las manos. Mientras más destrozaban su autoestima, las reacciones involuntarias se hacían más diversas y exageradas.

Cambiaron a Camila tres veces de colegio —los niños habitan en todos—, la llevaron a distintos psicólogos y trabajadores sociales. No obstante, el problema continuó empeorando. Acudieron a terapias de familia. Ninguna mejora. Matías, en su abatimiento, llegó a pensar que su propia timidez era la real causante. Suposición que fue descartada por los profesionales y por toda persona con sentido común.

Lo cierto es que Matías no era tímido, lo que desde siempre tuvo fue miedo al ridículo. Eso lo paralizaba. Por poner un ejemplo: una vez a la semana se vestía de punta en blanco para bailar durante horas con su esposa, pero nunca en público, porque le daba vergüenza la mirada inquisitiva de los demás.

Una tarde de domingo, observó a su hija leyendo una historieta de Charlie Brown. Leía tan mal como cualquier niño de su edad —había cumplido siete—, pero no tartamudeaba. Se sentía a gusto con su personaje favorito. A Matías Carrano le brillaron los ojos, y no por la luz de la idea que se había originado en su cerebro. Tenía una posibilidad, por remota que fuese, de devolverle a su hija la confianza en ella misma.  

Le pagó a un artista ambulante para que hiciese varios bocetos de Charlie Brown y Snoopy, que luego introdujo en una carpeta. A la mañana siguiente, caminó hacia el parque donde estaría su familia. La pequeña no lo reconoció. Su esposa supo quién era sin necesidad de haberle visto de frente; ella le había ayudado con el disfraz. Matías se tropezó y los bocetos que llevaba se desparramaron sobre el césped. La niña se emocionó al reconocer a los personajes. Le preguntó si era Charles Schultz y la respuesta fue afirmativa. Hablaron. No hubo milagros. Tartamudeó como de costumbre. Al despedirse, él prometió dibujar un número especial para ella, que llevó por título “Amo amo amo amor”. Semana a semana, se encontraron en aquel lugar, regalándole un nuevo capítulo en cada ocasión. En la historieta, Camila era muy apreciada por todos. Aprendieron de ella a amar el poder amar. Únicamente “tartamudeaba” cuando decía “amor”.

Charles Schultz y Camila se hicieron amigos. Ella le contó que los niños decían que los tartamudos eran emisarios del demonio y estaban condenados al fuego eterno. Por consiguiente, Matías, esta vez como sacerdote, visitó a Camila durante muchos viernes a las cinco de la tarde, hasta extinguir la última llama.

Durante esos meses, en una ceremonia cívica donde asistían los alumnos de gran cantidad de colegios, la distraída presentadora recibió un sobre en el que debía anunciar la inesperada presencia del presidente de México, que subió al estrado con notoria tranquilidad. Su discurso honró a los héroes de palabra, los que construyeron naciones sin violencia, a través del diálogo y, entre ellos, destacó a un tartamudo ejemplar que su agudeza le hacía encontrar los términos precisos para decir, en oraciones mínimas y contundentes, lo que deseaba transmitir sin trabarse. Camila, desde las gradas, admiró el valor de las palabras.

Desde ese día, antes de hablar, pensó minuciosamente en el contenido y la forma. Eso le dio confianza, porque además de aminorar la tartamudez y las gesticulaciones, sus comentarios fueron más agudos, provocando que sus compañeros le tuviesen respeto.

Al comprender el auténtico valor de las palabras bien empleadas, sintió deseos de conocer a aquellos quienes las utilizaban con generosidad. Una de las personas que llegó a admirar fue Martin Luther King. Lamentablemente, a los pocos días de escribirle una primera carta, James Earl Ray asesinó al líder negro en Memphis, Tennessee. Camila se enteró por la prensa y se entristeció profundamente, durante semanas, hasta que recibió una carta de los Estados Unidos firmada por el representante de King, con quien mantuvo una prolongada correspondencia.

Matías Carrano Romero no cesó su empeño en recobrar la autoestima de su hija; introduciéndose en el traje de director de cine, cantante, una serie de personalidades más y campeón olímpico, hasta que alcanzó su meta.

Ya en estos días, un fin de semana al mes, la joven Camila baila con su padre hasta el amanecer, sin importarle que los muchachos de la discoteca piensen que es la querida de un viejo. Sin importarle a él que el ritmo sólo lo lleva por dentro.  

Querido Yo

Al obtener mi primer trabajo remunerado, empecé a comprar correspondencia de desconocidos, tanto para mí como para la historia en cualquiera de sus ramas. Algunas cartas las he adquirido por su singular subjetividad, otras por la belleza de su sinceridad y, la minoría, las que más aprecio, por su involuntaria extravagancia. Entre ellas, la que releo con mayor frecuencia es una donde el autor es a su vez el receptor, peculiaridad que por sí sola es irrelevante. Los diarios personales cumplen ese requisito, sin mencionar los textos escritos en circunstancias de peligro, como en una guerra, por ejemplo. Aunque éstos, generalmente, pasan a ser un listado de promesas desesperadas a cumplir siempre y cuando se salga airoso. En todo caso, lo que hace de ésta algo especial es el temor racional de un hombre a dejar de existir antes de morir.

La carta fue escrita el 18 de abril de 1969. Junto a la fecha, a la izquierda, un garabato, que sólo los parientes y vecinos fueron capaces de identificar como la firma de Óscar María Pascual. El sobre que la contenía, en blanco. No hubo necesidad de poner la dirección del destinatario, dado que nunca se tuvo la intención de enviarla fuera del número 7, calle Alta, Navaleno, provincia de Soria, España. Pero salió de ahí, como parte del equipaje, rumbo a Madrid, donde el señor Pascual falleció en marzo del presente año.

Si bien la carta estaba dirigida a sí mismo, comenzaba con un saludo —sumamente afectuoso, además de extenso—. Párrafo siguiente, Óscar María recalcó y argumentó la urgencia de leerla íntegramente cada 1 de enero. A continuación…

“Lo que voy a decir podrá parecerte obvio, pero, por favor, tómate el tiempo que haga falta para revivir el temor que ahora siento: el niño que fui ha desaparecido y el adolescente también. Yo no quiero ser el siguiente.

Hace un par de meses volví a leer el diario que escribí de niño y tuve la sensación de estar curioseando en la vida de un extraño, de un niño que podría ser cualquier niño. No me preocupé, pero la curiosidad que sentí fue enorme. Me dediqué a preguntarle a la gente acerca de su propia infancia. Hablé con mis hermanas, mis padres, mis abuelos y, después de estos últimos, con cada una de las personas mayores del pueblo. Mientras más viejo se es, más se recuerda la niñez. Y, al oír sus respuestas, sí me preocupé. Todos, sin excepción, se refirieron a aquellos años con un‘yo era’; es decir, con un ‘yo dejé de ser’. Era como si viesen una proyección de cine, donde uno siente por empatía o anhelo, deseando vivir lo que ya no son, porque en algún momento se rompió el contacto.

Tras esa experiencia, era natural que también pensara en mi adolescencia. Ocurrió algo similar. Busqué en mi mente, en los cuadernos, en apuntes sueltos, y nada, no encontré nada significativo que pudiera representarme a mí. Tres nombres de mujer, sumas, restas, salidas, rebeldías, ideas de un desconocido que no piensa como yo, que no siente como yo. Quizá sí con heridas comunes, cicatrices; no lo suficiente, sólo fragmentos de lo que ahora soy.

Es una pérdida de tiempo lamentarse por la desaparición de quienes fui. Además, tarde o temprano seguiré el mismo destino, pero deseo hacerlo cuando este cuerpo muera y no antes. Me gusta quien soy ahora y más aún cuando veo en qué se suele convertir la gente después. No quiero dejar de sentir con la intensidad que siento ni de pensar con la sensibilidad que pienso, sobre todo porque eso soy yo. Confío en que pueda mantenerme con vida, sólo necesito reafirmarme constantemente.

He meditado arduamente sobre cómo conservarme y qué conservar. Para tal fin, he tenido que definirme de la forma más sucinta posible, facilitando mi tarea y, por supuesto,  dándome el espacio para crecer como persona, sin que eso signifique autodestruirme. Habrá muchísimos detalles que cambien en mí, pero lo que me hace ser yo he de salvarlo…”.

El texto prosigue con la descripción de una metodología y la enumeración de un listado de los rasgos personales que se había propuesto preservar en el tiempo. Según los que compartieron largos tramos de vida con él, nunca dejó de ser un joven idealista y perseverante. Igualmente, entre otras cosas, dicen que Óscar María Pascual era muy sociable, a pesar de que en las fiestas de Año Nuevo siempre se ausentaba apenas daban las 12.  

La materia de la felicidad

Le fascinaban los bebés. Todos los bebés. Los niños de más de dos años, no. Unos pocos le gustaban y con casi ninguno se sentía a gusto. Lo que sentía era pena. Pena y frustración.

El olor de un bebé, sus pequeñas manos, los dedos finos y suaves, la sonrisa dulce y su mirada inocente despertaban en él ternura. Nada más. La fascinación que lo inundaba nacía de la posibilidad.

En la Convención Iberoamericana para el Desarrollo de 2001, celebrada en el Distrito Federal de México, Alvarado Campos sostuvo: “No hace falta ser un genio para darse cuenta de que nuestros conocimientos avanzan mucho más rápido que nuestra conducta. En teoría, sabemos cómo cuidar el ecosistema, sabemos cómo convivir en paz y sabemos cómo respetar los derechos humanos. En teoría, sabemos cómo ser lo que no somos. Si comenzásemos a educar a los bebés bajo un esquema coherente con esos valores, la teoría sería una realidad. Sin embargo, preparamos a nuestros hijos para que salgan adelante en esta sociedad competitiva, donde un niño que empuja a otro niño para quedarse con el juguete es algo totalmente normal, donde una guerra —aunque eso sí no lo justifiquemos— también sigue siendo normal”.

Omar Alvarado, en su adolescencia, fue arrestado por actos vandálicos. Había constituido un diminuto grupo subversivo de corte ecologista. No se sabe si llegó a empuñar un arma o si únicamente pegó carteles e hizo pintadas en las paredes. Los documentos del caso desaparecieron gracias a los contactos de sus padres. La condena, correspondiente a su clase social, fue ir a estudiar al extranjero. La cumplió con entusiasmo, porque nunca dejó de pensar en su revolución. Una licenciatura de sociología y otra de pedagogía sólo lo llevaron a replantearse el cómo. Comprendió que sería imposible alcanzar un mundo armónico con personas desequilibradas emocionalmente y que, en el mejor de los casos, a sólo algunas les alcanzaría la vida para estabilizarse así mismas.  La respuesta del cómo estaba en los bebés.  

Convención de 2001. Prosiguió: “Durante los dos primeros años, el cerebro adquiere la mayor cantidad de información del entorno con el propósito de subsistir en él. Nuestros valores sociales prácticos quedarán almacenados en su inconsciente y condicionarán, poco o mucho, su conducta futura. Y, para no romper la tradición, se le enseñará la teoría del ciudadano ejemplar y aprenderá a controlar sus impulsos. Controlar lo que ya es”.

Pocos meses después de la convención, Omar Alvarado fundó en su ciudad de residencia, Lima, un centro de educación piloto en el que aplicó sus ideas pedagógicas. Pretendía comprobar si eran viables para después conseguir que se implantaran en el país y, tras los logros obtenidos, tener una posibilidad real de exportar el modelo al resto del planeta. Se requería una acción global. Pero, primero, había que recorrer el camino. Contrató a 11 educadores que compartían su visión. Entre ellos, contaba con psicólogos, sociólogos, dietistas y músicos. A continuación, Omar se focalizó en escolarizar, tras prolongadas entrevistas familiares, a sus primeras alumnas: 12 mujeres embarazadas de menos de tres meses.

Cada año, ingresaban 12 nuevas mujeres, que asistían al centro de lunes a sábado. Las clases empezaban a las ocho de la mañana y terminaban a las cuatro de la tarde. Sus respectivas parejas, padres y suegros, en cambio, sólo iban los sábados, salvo cuando disponían de vacaciones para participar diariamente.

Al proceder de una familia adinerada, Omar Alvarado se pudo permitir el ofrecer una enseñanza gratuita a cambio del compromiso. Además, intentando emular a un estado correcto a pequeña escala, otorgaba ayudas a quienes no podían cubrir las necesidades básicas de sus hogares con un solo ingreso. Dio pocas. El centro educativo estaba situado en un barrio de clase media y Alvarado procuró que las alumnas viviesen cerca unas de otras.

Las jornadas transcurrían entre sesiones de relajación, música, lecturas sobre diversas corrientes educativas, conversaciones, terapias conductuales, bailes, cursos sobre alimentación, cocina, cultivos, ecología y canciones que posteriormente cantarían a sus hijos. Algunas de ellas eran populares, pero con las letras modificadas (haz clic aquí para ver un ejemplo); y la mayoría, conservando acordes conocidos, las construían de raíz (haz clic aquí para ver un ejemplo).

Otro asunto que tomó con suma delicadeza fue la creación de una biblioteca de cuentos con tirada unitaria. Los solicitaba a distintos escritores, imprimía desde su ordenador un ejemplar de cada título y lo anillaba él mismo. No era fácil que te aprobase una historia. Le envié siete. Me aceptó dos. El cuento debía cumplir una serie de requisitos pedagógicos sin restarle divertimiento a la trama. Se descartaba todo personaje que generara una predisposición de alerta al engaño, la picardía, la rivalidad o la competencia. No se hablaba de obediencia o desobediencia, sino de curiosidad, sensatez y respeto. No existían armas de guerra, sino herramientas para cazar lo necesario. No había buenos ni malos, sino seres con un rol útil. Y ante ese exceso de idealismo, mi reacción fue decirle que estaba produciendo conejos para un bosque con lobos. Más adelante, entendí que lo que buscaba era desaparecer a los depredadores.

Convención de 2001. Prosiguió: “Algunos dicen que la mejor forma de educar a un niño es asistiéndolo apenas llora y la corriente opuesta sostiene que hay que ignorarlo para que deje de quejarse. Y sin duda hay cabida para una tercera o cuarta o quinta metodología. Pero no debemos olvidar que la metodología será más o menos efectiva de acuerdo al fin que deseamos alcanzar. Así que lo primero que debemos tener en claro es para qué educamos a nuestro hijo. ¿Quiero que sea una persona que esté sobre las demás a toda costa? ¿Una que sepa defenderse de sus salvajes congéneres? ¿O queremos que sea simplemente competitiva? ¿O sumisa y dócil? ¿Una anarquista? Sí y no. Rascando en el inconsciente, se le educa para que sea feliz. Y uno, que depende de su entorno, no puede ser feliz solo. Necesita que los demás también lo sean”.

Cuando visité su centro educativo, quedé encantado. Una acción es suficiente para transmitir ese ambiente: Un niño, no mayor de  tres años, se alimentaba a la vez que me daba de comer a mí y a los padres de otro alumno, a partes iguales, de un plato común.

Sobre la religión, decidió no entrar en el envoltorio de ninguna en concreto. Para cualquier creyente, Dios es amor y, por tanto, sin necesidad de mencionarlo, lo hacía presente. Omar consideraba que los ritos particulares debían ser transmitidos por los propios padres, “porque el niño aprende con el ejemplo y la coherencia”.

Convención de 2001. Culminó: “Que un gobierno tenga tendencia de izquierdas o de derechas es poco relevante si brinda a sus ciudadanos una educación íntegra. Es la inversión más segura. Una persona lúcida y feliz no mata al vecino, ni roba un banco, ni tira basura por doquier, ni engaña a sus colegas o empleados, ni intenta sacar provecho a costa de otro. Pero no podemos pasar por alto que una persona lúcida y feliz tampoco trabaja en lo que no se realiza, ni obedece órdenes que van en contra de sus principios. Una persona lúcida y feliz no es rentable para los gobernantes de hoy”.

En diciembre de 2007, Omar Alvarado Campos dejó el centro. Ni si quiera sus seres más cercanos conocen su paradero. Saben que está vivo, pero no qué hace ni dónde. Especulan, por supuesto. Que se cansó de su utopía. Que se marchó con una muchacha. Que se convirtió en misionero. No estoy de acuerdo. Mi teoría es otra. Conociendo sus ideales e intenciones, está trabajando en la segunda etapa de su proyecto. Quizá estime que la única manera de implementar su enfoque educativo a nivel nacional es teniendo la autoridad para hacerlo. Me lo imagino recorriendo los andes, exponiendo sus ideas en poblados insignificantes, casi perdidos, recolectando firmas para formar un nuevo partido y presentarse a las próximas elecciones. Espero no equivocarme. Espero que no sigamos equivocándonos.  


 

Huella Impar

Cuando la viuda terminó de vestirlo para ser enterrado, Lino entró a verlo. Su padre
estaba sobre la cama con el traje de domingo y los zapatos impolutos, como solía ser sin
excepción. Su madre se retiró de la habitación. Al regresar, el difunto vestía un pijama y
estaba descalzo. Lino les dio a ambos el beso de buenas noches y, siguiendo el ejemplo de
 su padre, se fue a dormir.
A los pocos días dejó de preguntar por él. Sabía que ya nunca despertaría, ni en ésta ni
en otra vida, porque cuando uno sueña durante más de una semana continua lo que hay
 en esta tierra resulta irreal.
Los pies de Lino Montes tenían un tamaño similar al de cualquier otro niño de siete años,
así que esperó 13 más para usar por primera vez los zapatos que había heredado.
Pudo haberlos estrenado mucho antes, pero quiso que fuese en una ocasión
 profundamente especial. Hasta esa fecha, los cuidó con la misma entrega que lo
 había hecho su padre. Todos los sábados por la mañana, al despertarse, los sacaba de
 su caja y los limpiaba con un cariño gratificante. “Los ojos reflejan lo que guardas
dentro, hijo; los zapatos, lo que das”.
Creyó que sería bueno estrenarlos al graduarse en la universidad. No ingresó. Había
 que llevar dinero a casa. ¿Qué tal al conseguir el primer empleo? El puesto de
dependiente en una tienda de repuestos no le ilusionaba en absoluto. Buscó
alternativas. Llegó a obtener un trabajo de conserje en un colegio, donde le alegraba ir,
 pero para ese entonces los zapatos habían sido utilizados media decena de
veces, comenzando por su primera cita con la mujer con la que pronto se casaría.
En mayo de 1965 nació su primera hija. En el 71, la segunda. Cuatro años después,
 la tercera. Y Luciana asomó la cabeza el 11 de diciembre de 1979. De cariño, con
mucho cariño, la llamaba Lulla.
Quería con naturalidad a sus cuatro hijas. Sin embargo, con Lulla surgió, desde sus
cinco años, una complicidad peculiar. Ella se fijaba en los zapatos. Le gustaba verlo a
través del reflejo de la empella. Era como rescatar de un espejismo las distintas partes de
un personajes de cuento que era su héroe… de carne y hueso, como debía ser: con
ojos que lagrimeaban por responsabilidades aparentemente incumplidas, con
extremidades que no envidiaban a los de ningún otro gigante, con malos
humores enigmáticos, risas reparadoras y contagiosas, miradas reconfortantes y

abrazos delicadamente oportunos. El espejo logrado en aquellos zapatos hablaba de
cosas reservadas para quienes, además, sabían observar el halo de un caminante:
 las huellas ineludibles y los pasos por donde uno deseaba andar.
En eso consistía la vida de Lino. En Huellas. Las que le dejaron. Las que iba dejando.
Su hija mayor se casó y se divorció… tras concebir una boca más que alimentar.
La segunda le dio, sobre todo, quebraderos de cabeza. La tercera lo mareó con
sus repentinos cambios de “quiero hacer” y los posteriores “quiero ser”, que nunca
llegó a ver concretados —aunque no por culpa de ella; él fallecería a destiempo—. Lulla,
 por azares de la química, le alteró el reloj biológico, estrechando los momentos
 indeseables en beneficio de los que compartían. Le obsequió unos ahora
dilatados, ilimitados, anacrónicos, que lo alejaban de las expectativas y de los
bordes traseros del presente, dejándolo muy cerca de lo que llevaba dentro y de lo que
iba dando.
A Lino Montes le fascinaba educar a la descendencia de la primera, nunca se fatigaba
 de aconsejar y apoyar a aquella que le rearmaba los esquemas, sacudía los brazos
 hasta elevarse del suelo por su soñadora y era consciente de que ampliaba los
 pulmones por Lulla; la contradictoria Lulla, que tenía una acentuada manía por los
 números impares —desde sus 13 años—, a pesar de que los zapatos, su obsesión,
siempre venían a pares.
Los segundos, minutos, horas, días, meses y años continuaron transcurriendo. Incluso
 las certezas.
Una esposa, cuatro hijas, tres nietas, una perra, dos hipotecas, una jefa, una suegra y
 dos listas de cuentas por pagar ahora estaban en el presente de Lino. Junto a eso,
siete pares de zapatos. Los del domingo, sus preferidos, cómo no, siguieron siendo los
 que había heredado de su padre.
Cuando Lulla regresaba los sábados de comprar el pan, encontraba a Lino limpiando
 los zapatos de todas las mujeres de la casa. Los acomodaba en fila en la terraza. Era
como un cirujano, metódico, con su caja de herramientas: betún, cremas, cera, cepillos
de distintos grosores y texturas, gamuzas para pulir, otros trozos de tela, paños de
algodón y demás. Y no me equivoco al emplear el término cirujano, porque
 intentaba prolongar a toda costa la vida. Una vida no humana, es evidente, pero de la
mano de ella… de los pies de ella, mejor dicho; buscando prolongar los pasos hasta la eternidad. Por qué cambiar de acompañante, por qué un calzado nuevo si el de
siempre había llegado a mimar nuestras imperfecciones.
Lino iba un tanto más allá, filosóficamente más allá. Creía en el cuidado de cualquier
objeto, puesto que su mayor duración representaba la sensibilidad de una persona
con respecto a su entorno y, simultáneamente, al resto de congéneres. Respeto.
Delicadeza. Amor. Deseaba que los hijos de sus nietas disfrutasen de todo aquello
que él palpaba y contemplaba a través de sus gafas, a través del reflejo de sus zapatos.
Los domingos se quedaba en cama casi todo el día. Escuchaba la radio,
reconstruía recuerdo a recuerdo la imagen de su padre, saboreaba despacito algún
suceso al azar que había vivido con su familia. Si le quedaba tiempo, pensaba en el
camino que quedaba por andar. Tres horas antes de caer el sol, cerraba la puerta de
casa y se lanzaba a la calle con su traje de domingo y sus zapatos predilectos.
Al pasear, le emocionaba cruzarse con personas que miraban hacia abajo. La mayoría lo hacía. Y Lino tenía la sensación de que les regalaba una visión esperanzadora de la realidad.
Anduvo.
Poco antes de jubilarse, los alumnos lo propusieron como entrenador de la selección
de baloncesto del colegio. Doble placer: conserje y director técnico. ¿Zapatillas? Las
usó. Terminaban divertidamente sucias. Regresaban ansiosamente limpias, como si
cada jornada fuese la primera vez que iba a jugar.
Y jugó… a ser entrenador, a ser padre, a ser esposo, a ser hijo, a ser Lino.
Uno de aquellos días que se quedaba en cama toda la mañana y gran parte de la tarde,
cayó por azar un recuerdo que en su momento sólo disfrutó —sin considerar
su trascendencia—. Lo saboreó muy, muy, muy despacito. Cuando Lulla tenía 13 años,
por andar distraída, terminó en un charco con el agua por encima de los tobillos. Era
 otoño. Lino aprovechó la  ocasión para hacer algo divertido. Le prestó su zapato
derecho y fueron hasta casa simulando ser uno, caminando abrazados, utilizado
 únicamente un pie cada cual.
A sus 61 años, el domingo 27 de julio de 2003, murió de un ataque al corazón, sin 
previo aviso. Su esposa lo vistió con el traje de domingo y sus zapatos predilectos. Lulla
 entró a verlo. Los dejaron a solas. Al regresar, encontraron a Lino desnudo, a excepción
 de un pie. Todo aquel que lo mirase no podría evitar fijarse en el calzado y, 
quizá, contemplarse en el reflejo de un mundo sencillo e imperecedero, sostenido por
 una huella impar.  

El coleccionista de sonrisas

El 26 de agosto de 1990, en la segunda página del ‘The New York Times’, se publicó la fotografía de un atentado producido durante la invasión de Irak a Kuwait. A pocos metros de los cadáveres de un par de civiles, una niña miraba lo que parecía ser una muñeca, mientras que el artículo correspondiente mencionaba a 18 kuwaitíes exiliados, que recordaban a sus más de 500 compatriotas muertos. Y si bien existía una relación entre el texto y la imagen, el rostro de la niña hablaba de otra historia, que no tenía nada que ver con los personajes retratados. Era como si ella hubiese acabado de sonreír hacía un segundo.
Albert O’remor no era corresponsal de guerra, pero a su representante le fue sencillo contactar con el ‘Times’ y venderle los derechos de la fotografía, porque O’remor gozaba de cierto prestigio en el ámbito artístico neoyorquino. Aunque prestigio no es el término más adecuado para definir su posición en ese gremio. Prácticamente no se hablaba de la calidad de su trabajo, sino del tema recurrente que siempre abordó en sus obras, derivando las conversaciones hacia los posibles orígenes de su obsesión, donde las opiniones eran encontradas e iban de lo dramático a lo sublime, pasando incluso por la burla. En lo que sí estaban todos de acuerdo era en que su ‘enfermedad’ era degenerativa. Si no fuese así, por qué otra razón viajó a Kuwait a retratar a esa niña, por qué necesitaba situaciones cada vez más dolorosas para capturar una sonrisa.
Albert O’remor, de madre danesa y padre irlandés, nació en Baltimore, Estados Unidos, en 1958. Ya a sus cuatro años, Albert comenzó a manifestar una especial atracción por las sonrisas ajenas y, con el tiempo, pasó a convertirse en una profunda fascinación, despertando un incontrolable deseo por coleccionarlas. En su octavo cumpleaños, le obsequiaron una ‘Instamatic 133 de Kodak’. Como era de suponer, al comienzo, cualquier sonrisa le valía, mas ese comienzo fue muy breve, porque el mismo día en el que le regalaron la cámara, agotó el carrete con los rostros de los invitados que posaron para él y no pudo ver las imágenes hasta tres semanas después, cuando consiguió ahorrar lo suficiente para revelar los negativos.
Tras esa primera experiencia, se dedicó a sorprender a sus familiares con la intención de obtener sonrisas espontáneas. Los flashes provenían de debajo de una cama, del asiento posterior del coche, de entre las ramas, del armario y de cuanto lugar le sirviese para su cometido. Una vez completado su décimo álbum, volvió a cuestionarse, optando por  incluir a desconocidos. Así lo hizo durante más de una década.
A pesar de aparentar ser un dato irrelevante, antes de proseguir, me gustaría destacar una de las series que formó parte de este período, compuesta por las sonrisas de una hippie que mostraban las distintas variaciones de la expresión con respecto al tipo de droga que ella había consumido. Esta serie —no en ese momento, pero sí cuando reflexionó al respecto— ocasionó que O’remor hiciese una pausa prolongada. Los siguientes dos años no tomó ninguna fotografía, los empleó en clasificar las 16,478 que ya tenía. Fue consciente de que una sonrisa al despertar tenía distintos matices que una al acostarse, que la de su hermano menor era distinta cuando veía a su madre que cuando veía a su padre, que la de su abuelo variaba en el día y no con la edad, que una sonrisa no era más bella por el rostro sino por la sinceridad y que, sin excepción, todos teníamos la capacidad para mostrarla. En ese punto tuvo dos sensaciones. Su colección era bella; sin embargo, no era tan especial. Cualquiera podría tener una como la suya, simplemente era una cuestión de tiempo y dedicación. Se quedó en blanco tres años más.
En 1984, volvió a coger la cámara bajo la siguiente premisa: “Todos podemos sonreír, pero no todos somos iguales”. Se puso a fotografiar a personas famosas. Le duró una semana. Las revistas de un quiosco contenían más de las que él podría conseguir en toda su vida. Se sintió estúpido por haber planteado una premisa tan vulgar. Lanzó otra: “Todos podemos sonreír, pero a unos les cuesta más”. Con el ánimo renovado, retrató a mendigos, minusválidos, a payasos sin disfraz, soldados de guardia y a cuanto estereotipo se le cruzó por la mente. Se dio cuenta de que no era tanto un asunto de personas… y se atrevió a lanzar una tercera: “Todos podemos sonreír, pero hay momentos en que nos es 
casi imposible hacerlo, porque no nos nace o nos lo prohibimos”.
Albert pasaba las mañanas observando los entierros y, en
 las noches, hacía guardia en la sección de urgencias de 
los hospitales. Una que otra vez, para variar la rutina, se asomaba 
a los incendios y a otras desgracias ocasionales, conducta 
que fue muy criticada tanto por algunas instituciones sociales 
como por la mayoría de los artistas neoyorquinos. No obstante, 
O’ sostenía, de cara a sí mismo, que una sonrisa, en un 
momento de tragedia, evitaba que se destrozasen fibras 
emocionales profundas. Para valorar mejor su perspectiva, es necesario enfatizar que a él le deslumbraban las sonrisas y no las
 risas (ya sean con gracia o histéricas).
Unos meses antes de que Irak invadiera Kuwait, Albert O’remor se había instalado en Oriente Medio. Quería saber cómo eran las sonrisas de las personas que vivían en una tragedia constante. Sin duda, su fascinación lo colmó. Eso explica que el día en el que retrató a la niña del ‘Times’, cuando se produjo la explosión seguida de un tiroteo, en lugar de correr, le regaló la muñeca a la niña, para fotografiarla. En medio de esa sesión, una bala lo alcanzó. La pequeña dejó la muñeca y cogió la cámara.
Tras su muerte, se realizó la primera exposición sobre su trabajo. La galería Leo 
Castelli presentó la “Smile’s Collection”, incluyendo la foto que tomó la niña kuwaití, la 
única en la que aparecía Albert O’remor.  

La Pastilla Rosa

Rafael despertó creyendo que, en ese instante, se había quedado dormido. Como en 
otras ocasiones, le entusiasmó la idea de ser consciente de que estaba soñando y sintió 
como si fuese un 
personaje de ficción de carne y hueso. Oyó el leve tic tac del reloj de mesa. Parecía haber abierto los ojos en un sábado de festejos, pero se concentró para convertirlo en domingo. Antes de 
preparar el café, fue al quiosco para comprar el periódico. Todas las noticias hablaban
 de un mundo en el que él no deseaba vivir. Supo que estaba despierto.

Motivado por esa experiencia, Rafael publicó La Pastilla Rosa; un “libro” de cuentos 
editado en formato periódico con el propósito de que el lector, al menos en un primer 
momento, leyese las historias cual si fueran sucesos de actualidad, introduciéndose así 
en un mundo ficticio, pegado a lo utópico, con la certeza de seguir respirando en esta
 realidad. Para evitarle distracciones, firmó con seudónimos las noticias, los 
artículos de opinión, los anuncios, cómics y todos los elementos que 
conformaron ese nuevo medio informativo... de una sola publicación:  el  número 777.
En una entrevista realizada en septiembre de 2012, Rafael hizo un reiterado hincapié 
en la importancia del formato, empleando distintas combinaciones de palabras para decir
 lo mismo: “Cuando 
uno lee un periódico, por más que la subjetividad rebose de las páginas, el suceso se
 asume como verídico. El pensar sobre lo que se está leyendo deja de ser un filosofar 
sobre supuestos y salta a un reflexionar sobre hechos concretos que afectan nuestro 
entorno, sea colectivo o
 individual”.



En esta insistencia sobre tal afirmación se basan los analistas para argumentar que la frase de Julio Verne (“Todo lo que un hombre pueda imaginar, otros podrán hacerlo realidad”), que empleó en el acertijo de la página 21, revela su verdadero anhelo. La prioridad de Rafael no fue crear una obra literaria peculiar, sino dar con el medio para sembrar futuras noticias. Estoy de acuerdo con ellos. En un correo electrónico que me envió hace nueve años, a inicios de 2010, cuando La Pastilla Rosa sólo era una idea con textos desordenados,  me habló sobre su motivación de fondo, detrás de las letras, delante de sus ganas: “al contrastar la información o al llegar a la sección literaria del periódico, donde se desvela que lo que se tiene en las manos es un libro de cuentos, el Lector que busco habrá saboreado ya una realidad más amplia. También es probable que, desde un primer momento, dude sobre la fiabilidad de las noticias, pero el dudar es suficiente para que él respire dentro de las historias durante un rato, lo suficiente, espero, para sembrarle un quizá si yo”.

Sus argumentos no me persuadieron. Confiaba en que la gente siguiera igual de indiferente. Sin embargo,  existen razones más convincentes, como  la curiosidad o la esperanza. Por eso me complació darle mis ahorros a Rafael para que publicase el “periódico” y dispusiera de un uniforme corporativo, con el que repartió 13 mil ejemplares por las calles de Madrid, voceando las noticias como se hacía en esos días en que la visión del futuro estaba mucho menos contaminada.

El cómo de lo que sucedió después ya lo conocemos todos. El Virus de la “muerte feliz” redujo la población mundial al 5%, las religiones se liberaron de los intereses terrenales de sus instituciones, la industria devastadora desapareció y también tuvieron efecto el resto de noticias que la gente continuó leyendo en el PDF del periódico-libro La Pastilla Rosa 

El rescate de un padre

Debido a las obras del metro de Barcelona, un pequeño edificio, ubicado en el barrio del Carmelo, se derrumbó antes de que el sol alcanzara su punto más alto, a las 12:35 horas de ayer. La mayor parte de los inquilinos habían ido a trabajar, o a estudiar, o a disfrutar de su suerte. Quedaron dos, Guillermo Serpa Vergallo  y su hija de tres años.



Los bomberos acudieron de inmediato. Uno de ellos, Fernando Soto Prescott, revivió las palabras del padre aprisionado al otro lado de los escombros: ‘¿Cuánto tardarán en sacarnos?’. “Unas seis horas”. Serpa le describió el espacio en el que estaban. ‘¿Cuánto tiempo de aire tenemos? No me mienta, por favor’. “Cuatro o cinco horas, pero nos daremos prisa. Todo saldrá bien, tenga fe. Los rescataremos”.
Los bomberos, empleando hasta la última gota de sudor de su potencial, se tardaron 
lo previsto. La alegría fue desbordante al encontrar a la niña con vida. El padre se 
había quitado la suya unas seis horas antes.  

El ignorante privilegiado

No siempre, pero casi siempre, Francisco Arce Beltrán iniciaba la siesta con el mismo pensamiento: Gracias. Una palabra que representó con millares de imágenes y ninguna letra, porque su nombre completo era lo único que sabía escribir. 

Se consideraba un privilegiado. Yo lo veía como un ignorante, además de conformista. Y me refiero a su etapa adulta, porque era comprensible que de niño no hubiese podido estudiar. Labró la tierra hasta que la sequía del 62 dejó a su familia sin propiedad en favor del banco, viéndose obligado a migrar a la ciudad antes de cumplir los trece años. Mendigando por las calles, entabló amistad con un vagabundo que tocaba la guitarra. Le enseñó una canción. La aprendió con muchísimo esfuerzo. Quiso enseñarle otra. A Francisco no le interesó. Para él, una bastaba para ganarse la vida.

Durante cuatro décadas, únicamente ha cantado ese tema. Le gustaba decir que entre él y un sellador de sobres no había ninguna diferencia. No profundizaba. Ahí terminaba su comentario, con un rostro que rebozaba satisfacción. ¡Ignorante, conformista y descaradamente estúpido! Me irritaba.

Ya no.

Comenzó a desbaratar mis prejuicios la tarde que me preguntó qué buscaba alcanzar con tanto estudio y competitividad. Respondí. Mi meta era su presente. A Francisco Arce Beltrán se le veía tranquilo, contento y en paz. Era feliz, monótonamente feliz.

De todas formas, él estaba equivocado. Su actividad distaba mucho de la que realizaba un sellador de sobres. Si bien Francisco repetía una misma acción a lo largo del día, el público interrumpía su rutina cuando, entusiasmado, le pedía “otra, otra”. Y eso ocurrió con una frecuencia creciente porque cada vez interpretaba mejor el tema. En varias ocasiones, salió del apuro improvisando historias que nunca reutilizaba, puesto que no se daba el trabajo de memorizarlas. Sin embargo, al madurar su autoestima, se aventuró a decir la verdad, complementándola con el siguiente argumento: “Si un compositor puede subsistir toda su vida con las regalías de una canción, por qué yo no puedo hacerlo cantándola”. 

En una oportunidad, al estar por finalizar su jornada callejera, un espectador le ofreció una suma tentadora por tocar en la fiesta sorpresa que estaba organizando para su pareja. Aceptó. Tres horas después, inició su concierto. Tres minutos más tarde, se quedó sin repertorio. Aplausos prolongados. Volvió a cantar el mismo tema. Silencio prolongado. Sonreía mientras pensaba. Nuevamente, las cuerdas de la guitarra reprodujeron la melodía, pero, en lugar de acompañarla con la letra, propuso un Karaoke concurso y dotó al premio con la mitad de la paga que iba a recibir esa noche. Tocó las notas de la canción hasta el amanecer. Los invitados, encantados con la velada, lo fueron contratando para distintas celebraciones, incluyendo cumpleaños infantiles. Dado el éxito, los nuevos invitados hicieron lo propio, y la rueda giró. Las Radios desempolvaron el vinilo original, pero la gente reclamaba la versión de Francisco. La grabaron y difundieron. Sonaba en toda la ciudad, a cada rato, acelerando el desenlace. Nadie quiso volver a oírla. 

Cuando estaba por marcharse, BMG y Sony le ofrecieron producir un disco con temas inéditos. Ni siquiera lo dudó. Respondió que no. Se trasladó a Córdoba con el ánimo intacto.

Al ir conociendo los valores de su perspectiva, fui compartiendo —en parte— la admiración que él sentía hacia las personas que desempeñaban orgullosas una labor simple y monótona. Francisco creía que ellos tenían la posibilidad de no pensar en nada, dejando libre el espacio para sentir, como cuando él labraba la tierra y las imágenes fluían por las emociones y no por la razón.

Francisco Arce Beltrán encontró la forma de tener una vida interesante, libre y segura, sin saber leer ni escribir. Sólo le hizo falta aprender una canción para comprar una casa, mantener a su esposa y tres hijos, disfrutar de sus vicios inofensivos y hasta gozar de vacaciones cada cuatro meses. El resto de cosas que aprendió no tenían ninguna utilidad económica, cultural o social, simplemente le sirvieron para mantener a salvo la mayor parte de su descontaminada ignorancia. 


La bufanda de los sueños


¿Alguna vez te has preguntado dónde fue a parar ese sueño que tanto deseabas realizar 
y que ahora te es indiferente? La explicación es sencilla, pero difícil de aceptar. A 
diferencia de su nacimiento, el motivo por el que se desvanece es ajeno a la razón o a l
os sentimientos. Tiene que ver con la ropa. Yo lo asimilé cuando conocí a Rocío Gaztelu.

Al nacer un sueño se revela un hilo de nuestra camiseta o jersey y se bambalea… listo 
para volar. Rocío no lo sabía. Simplemente le gustaba arrancarlos de las prendas de 
quienes apreciaba. Quería hacer algo especial con ellos.
 
Del ovillo hizo una bufanda. Al usarla, empezó a vivir los sueños de los demás.
 Experimentó aventuras insospechadas y, aunque la extasiaban, le producían tristeza.
 Sus propios  
sueños no tenían cabida. Deshizo la bufanda y devolvió las hilachas, pero ya nadie 
quiso perder su tiempo en asuntos improductivos.


El sapo y la mariposa

Un estanque. En él, un sapo. Tiene hambre. No obstante, desenrolla su lengua y empuja hacia la orilla a        la mariposa, que estaba a punto de ahogarse.
 
Conversan.
 
Ella le cuenta las maravillas del inmenso mundo que se extiende más allá del estanque.
  
Él quiere volar y no se eleva.
Siguen conversando.
Él le cuenta las maravillas del inmenso mundo que se extiende más allá de la superficie.
 
Ella quiere bucear y, nuevamente, lo intenta. Esta vez, la certeza la empuja con 
mayor vehemencia.
 
Con la ayuda del sapo, desciende hacia las profundidades en el interior de una burbuja,
 que se hace cada vez más pequeña. Ilusionada, le implora al sapo continuar.

Apenas muere, la engulle. Mientras la digiere, recuerda la angustia de la mariposa
 cuando estuvo a punto de ahogarse en la superficie. El sapo hace el amago de volar.